Nuestra sociedad establece una clara diferenciación entre el mundo de las mujeres y de los hombres. Estableciendo roles, expectativas, actitudes, sentimientos, actividades diferentes para unas y otros. No sólo se establece una clara diferencia, sino que además se jerarquiza la diferencia definiendo lo que se considera como “masculino” o propio de varones como más valioso, más importante, mejor, por el simple hecho de pertenecer a la esfera de los hombres. Lo femenino es automáticamente devaluado, menos importante, invisibilizado, menospreciado e ignorado. Lo que se refleja en expresiones como: “tenía que ser mujer”, “son cosas de mujeres”, “pareces vieja”, entre muchas otras.
Se socializa a las personas bajo esta construcción social patriarcal, que se mantiene y recrea a sí misma en las prácticas cotidianas de las personas particulares, en las interacciones, en el lenguaje.
El sexismo es el conjunto de todos y cada unos de los métodos empleados en el seno del patriarcado para poder mantener en situación de inferioridad, subordinación y explotación a las mujeres.
Sus manifestaciones son diversas y cotidianas, por lo que se pretende naturalizarlas y normalizarlas, ignorando que son resultado de una construcción social del mundo, que se aprende y por lo tanto puede ser diferente.
El sexismo es un desequilibrio del poder con base al sexo al que se pertenece. Los hombres por el hecho de ser hombres tienen acceso a diferentes manifestaciones del poder y a su ejercicio; las mujeres por el simple hecho de serlo, tenemos limitaciones en el uso del poder, este se restringe a ciertos ámbitos específicos o simplemente se nos expropia.
El sexismo se manifiesta en el lenguaje, al nombrar el mundo en masculino y pretender incluirnos ahí a nosotras.
Es la división del trabajo por sexo, donde se reservan para ellos ciertas actividades y puestos, no con base en las características y habilidades personales, sino con base en el sexo al que se pertenece. Es el encasillamiento de la mujer en el ámbito doméstico y la desvalorización del trabajo en el mismo.
Es la educación diferencial para unas y otros, al promover habilidades y capacidades diferentes para ellas y ellos, no educar para que sean personas más plenas que desarrollen todas sus capacidades, sino para que sean hombres y mujeres que cumplan un rol específico. Es cuando se da preferencia a la educación de ellos por sobre la de ellas.
Es la represión de la sexualidad femenina, al encasillar la sexualidad únicamente en la reproducción, limitando y restringiendo nuestras vivencias eróticas y placenteras. Es el priorizar las necesidades sexuales de ellos por sobre las nuestras. Es la alienación del propio cuerpo, es decir, el alejamiento de éste, al grado de no poder decidir sobre él sin autorización de un intermediario, un otro que puede ser el marido, el médico, en otras ocasiones el estado mismo, pero no la mujer sobre el propio cuerpo.
El sexismo se manifiesta en los constates esfuerzos desde la ciencia por demostrar la inferioridad de las mujeres. Esta en las legislaciones que no sólo no protegen a las mujeres, a menos que sean madres, sino que las pone en desventaja, por el simple hecho de ser mujeres.
Por tanto, el sexismo esta presente en nuestras prácticas cotidianas y costumbres, implica un acto de consciencia y un esfuerzo constante el identificarlo e ir tomando acciones para trasformar nuestras relaciones, nuestro lenguaje, nuestras actitudes. Y transitar hacia formas más equitativas e igualitarias de relación, donde todas y todos podamos ser mejores personas, más plenas y sanas.